El buen anciano fue a recuperar el usu, pero el vecino dijo: "¡Bah! Quemé ese usu inútil." Sin alternativa, el buen anciano recogió las cenizas del usu quemado y se marchó.
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Tiempo después, el buen anciano subió a lo alto de un cerezo y, esparciendo las cenizas del usu, exclamó: "¡Que florezcan los árboles muertos! ¡Que florezcan los árboles muertos!" Como por encanto, todos los árboles secos florecieron a la vez. Un hombre rico que pasaba por allí quedó maravillado y ofreció muchas riquezas al buen anciano.
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